Civilización, de Jaime Torres Bodet – A propósito de la violencia en México y del atentado en Boston

Mucho puede escribirse y mucho se ha escrito acerca de la violencia que vivimos en el mundo, sin embargo, para mi, la forma de violencia que menos entiendo y que es más despreciable es la de aquellos que atentan por ideología o conveniencia y de manera indiscriminada contra gente inocente, contra quienes nada tienen que ver con su modo de pensar o de vivir.

En nuestro país llevamos ya años de una violencia desmedida, causada precisamente por unos cuantos que prefieren matar y morir por su ambición e incapacidad de hacer algo mejor. La semana pasada ocurrió un atentado en Boston, durante la celebración de un maratón.

Todo esto me ha llevado a recordar un hermoso poema de Jaime Torres Bodet: “Civilización”. Aquí dejo el texto y una interpretación mía. Espero la disfruten y los lleve a reflexionar.

Civilización

Por Jaime Torres Bodet

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Un hombre muere en mí siempre que un hombre
muere en cualquier lugar, asesinado
por el miedo y la prisa de otros hombres.

Un hombre como yo: durante meses
en las entrañas de una madre oculto;
nacido, como yo, entre esperanzas
y entre lágrimas, y —como yo—
feliz de haber sufrido,
triste de haber gozado,
hecho de sangre y sal y tiempo y sueño.

Un hombre que anheló ser más que un hombre
y que, de pronto, un día comprendió
el valor que tendría la existencia
si todos cuantos viven fuesen, en realidad,
hombres enhiestos,
capaces de legar sin amargura
lo que todos dejamos a los próximos hombres:
el amor, las mujeres, los crepúsculos,
la luna, el mar, el sol, las sementeras,
el frío de la piña rebanada
sobre el plato de laca de un otoño,
el alba de unos ojos,
el litoral de una sonrisa
y, en todo lo que viene y lo que pasa,
el ansia de encontrar
la dimensión de una verdad completa.

Un hombre muere en mí siempre que en Asia,
o en la margen de un río
de África o de América,
o en el jardín de una ciudad de Europa,
una bala de hombre mata a un hombre.

Y su muerte deshace
todo lo que pensé haber levantado
en mí sobre sillares permanentes:
la confianza en mis héroes,
mi afición a callar bajo los pinos,
el orgullo que tuve de ser hombre
al oír —en Platón— morir a Sócrates,
y hasta el sabor del agua, y hasta el claro
júbilo de saber que dos y dos son cuatro…

Porque de nuevo todo es puesto en duda,
todo se interroga de nuevo
y deja mil preguntas sin respuesta
en la hora en que el hombre
penetra —a mano armada—
en la vida indefensa de otros hombres.

Súbitamente arteras,
las raíces del ser nos estrangulan.
Y nada está seguro de sí mismo
—ni en la semilla el germen,
ni en la aurora la alondra,
ni en la roca el diamante,
ni en la compacta oscuridad la estrella,
¡cuando hay hombres que amasan
el pan de su victoria
con el polvo sangriento de otros hombres!

Es Domingo y toca barbacoa

El gusto (a veces desmedido) por comer, me viene por partida doble: De mi padre aprendí el comer prolijo y promiscuo. Igual me enseñó a apreciar los más sofisticados manjares del mundo que los más dudosos tacos en cualquier puesto callejero. Lo mismo, a embarrarme de manteca en un puesto de mercado pueblerino, que a apreciar el arte y la historia extranjeros del “Ham and Eggs”, grasientos y con su respectivo Hashed Brown y tiras de tocino a un lado.

Por partida de madre (por la partida de madre de mi madre, que se partía y se la partía) para darnos gusto en la mesa a sus hijos y a mi padre, mientras hacía malabares con 2 trabajos de fijo y con una partida de tiranos y latosos que eramos todos los de casa. Mi madre que con igual maestría y técnica aprendió desde el Pozole de mi abuela materna hasta las tortillas de harina de su propia madre. Desde el Roast Beef divino de mi tía Cecilia, hasta el pollo al curry, denso, especiado y picante de mi tía Emily. pfff! Ni qué decir de los nopales con huevo, del… de.. y … uf! ya les contaré.

Por ahora, se impone la barbacoa. Es domingo pués!

Domingo

Es Domingo y, cosa rara en mi, estoy sentado fuera de la Iglesia. Si, entraré a misa, aunque no ha sido ese el propósito de mi visita. Vine imitando a Pito Pérez, a ver el pueblo que considero ya mi pueblo. Vine a verlo desde la iglesia en la que yo también un día le dije a un sacerdote lo mismo que Pérez dijo al de su pueblo (casi, aunque con otras palabras pero por situación y mensaje parecidos).  Vine, por que yo empiezo igual un nuevo viaje y quería ver el pueblo antes de iniciarlo. Uno que no hubiera querido emprender pero, caray! Ya puesto en este camino, no hay más que recorrerlo completo. A mi aquel sacerdote me puso igual que a Pérez, una penitencia, espero que hoy Dios me levante el castigo. A eso vengo.

Eso si, aunque Pito no andaba haciéndole la mala obra a nadie cuando en su libro visita la iglesia, yo si, con la pena pero si, vine a hacerle la mala obra a una persona. Ni hablar, así es la vida y así salieron las cosas.

Pito quedó de verse varios días con el herrero del pueblo, que quería que Pito le contara su historia y este accedió, a cambio de una botella diaria. Yo vengo a devolver algunas historias, libros y videos que no son míos y en mi caso, todo se hará en una sola ocasión, no habrá necesidad de repetirla ya que lo que pudiera yo querer a cambio no me lo van a poder devolver.

En fin, llaman ya a misa. Iré y después tengo mi cita.

Víctor.

Carta abierta

Durante muchos años tuve la costumbre de escribir. Hace algún tiempo dejé de hacerlo (las razones no vienen al caso). Leí mucho también y es otra cosa que dejé de hacer y que hoy lamento mucho.

Lo que si, nunca perdí, fue la costumbre de hablar, y hablar, y hablar… mucho, a veces, demasiadas veces hablé de más. Nunca supe quedarme callado pero esa es una historia diferente.

Algunas veces escribí para mi solamente, otras veces escribí para otros. Incluso le he quedado a deber escritos a algunas personas. Me disculpo por eso y prometo ponerme al corriente pronto.

Hoy, pues, retomo este placer de la escritura, como saben muchos que me son cercanos, me tomé unos días para reflexionar y para recomponer algunas cosas en mi vida. El retomar la escritura es una de esas cosas que quiero recomponer así que… aquí vamos.

No esperen nada original ni artístico en esto. No soy inventor ni soy artista. Nada de lo que encontrarán por acá es original, todo ha sido dicho ya alguna vez por alguna persona. Escribo sobre la tinta del mismo, inmutable y siempre cambiante río de Thagore, sobre los rayones de Einstein, sobre La Palabra de Dios (de cualquier Dios del que hable el credo de cada uno de Ustedes). Escribo copiando a José Alfredo y escribo inspirado en la locura de Van Gogh, cobijado a la sombra inmensa del Guernica y con la tibia frialdad de La Venus y La Piedad. Escribo, sobre todo, cubriéndome con los bordados llenos de amor y coraje de mi abuela Esther y sobre las cuentas y números interminables de mi abuelo Rutilio en los márgenes del diario. Mi abuelo. el hombre que me enseñó ese don de la bohonomía y de la honestidad, aunque yo no haya aprendido mucho de eso.

Claro! Escribo gracias a mi madre y a mi padre, pero ellos merecen unas líneas aparte. Otro día y con mejor ánimo.

Finalmente y, aunque escribo para mi, quiero pedirles paciencia y perdón por las faltas, omisiones, yerros y con cualquier cosa que les haya ofendido en el poco o mucho camino que hayamos andado y en el que sigamos andando juntos. Y quiero darles las gracias por ser amigos, familia y gente a la que aprecio y admiro.

Nos leemos! Un abrazo.

Víctor.