Es Domingo y toca barbacoa

El gusto (a veces desmedido) por comer, me viene por partida doble: De mi padre aprendí el comer prolijo y promiscuo. Igual me enseñó a apreciar los más sofisticados manjares del mundo que los más dudosos tacos en cualquier puesto callejero. Lo mismo, a embarrarme de manteca en un puesto de mercado pueblerino, que a apreciar el arte y la historia extranjeros del “Ham and Eggs”, grasientos y con su respectivo Hashed Brown y tiras de tocino a un lado.

Por partida de madre (por la partida de madre de mi madre, que se partía y se la partía) para darnos gusto en la mesa a sus hijos y a mi padre, mientras hacía malabares con 2 trabajos de fijo y con una partida de tiranos y latosos que eramos todos los de casa. Mi madre que con igual maestría y técnica aprendió desde el Pozole de mi abuela materna hasta las tortillas de harina de su propia madre. Desde el Roast Beef divino de mi tía Cecilia, hasta el pollo al curry, denso, especiado y picante de mi tía Emily. pfff! Ni qué decir de los nopales con huevo, del… de.. y … uf! ya les contaré.

Por ahora, se impone la barbacoa. Es domingo pués!

Domingo

Es Domingo y, cosa rara en mi, estoy sentado fuera de la Iglesia. Si, entraré a misa, aunque no ha sido ese el propósito de mi visita. Vine imitando a Pito Pérez, a ver el pueblo que considero ya mi pueblo. Vine a verlo desde la iglesia en la que yo también un día le dije a un sacerdote lo mismo que Pérez dijo al de su pueblo (casi, aunque con otras palabras pero por situación y mensaje parecidos).  Vine, por que yo empiezo igual un nuevo viaje y quería ver el pueblo antes de iniciarlo. Uno que no hubiera querido emprender pero, caray! Ya puesto en este camino, no hay más que recorrerlo completo. A mi aquel sacerdote me puso igual que a Pérez, una penitencia, espero que hoy Dios me levante el castigo. A eso vengo.

Eso si, aunque Pito no andaba haciéndole la mala obra a nadie cuando en su libro visita la iglesia, yo si, con la pena pero si, vine a hacerle la mala obra a una persona. Ni hablar, así es la vida y así salieron las cosas.

Pito quedó de verse varios días con el herrero del pueblo, que quería que Pito le contara su historia y este accedió, a cambio de una botella diaria. Yo vengo a devolver algunas historias, libros y videos que no son míos y en mi caso, todo se hará en una sola ocasión, no habrá necesidad de repetirla ya que lo que pudiera yo querer a cambio no me lo van a poder devolver.

En fin, llaman ya a misa. Iré y después tengo mi cita.

Víctor.

Carta abierta

Durante muchos años tuve la costumbre de escribir. Hace algún tiempo dejé de hacerlo (las razones no vienen al caso). Leí mucho también y es otra cosa que dejé de hacer y que hoy lamento mucho.

Lo que si, nunca perdí, fue la costumbre de hablar, y hablar, y hablar… mucho, a veces, demasiadas veces hablé de más. Nunca supe quedarme callado pero esa es una historia diferente.

Algunas veces escribí para mi solamente, otras veces escribí para otros. Incluso le he quedado a deber escritos a algunas personas. Me disculpo por eso y prometo ponerme al corriente pronto.

Hoy, pues, retomo este placer de la escritura, como saben muchos que me son cercanos, me tomé unos días para reflexionar y para recomponer algunas cosas en mi vida. El retomar la escritura es una de esas cosas que quiero recomponer así que… aquí vamos.

No esperen nada original ni artístico en esto. No soy inventor ni soy artista. Nada de lo que encontrarán por acá es original, todo ha sido dicho ya alguna vez por alguna persona. Escribo sobre la tinta del mismo, inmutable y siempre cambiante río de Thagore, sobre los rayones de Einstein, sobre La Palabra de Dios (de cualquier Dios del que hable el credo de cada uno de Ustedes). Escribo copiando a José Alfredo y escribo inspirado en la locura de Van Gogh, cobijado a la sombra inmensa del Guernica y con la tibia frialdad de La Venus y La Piedad. Escribo, sobre todo, cubriéndome con los bordados llenos de amor y coraje de mi abuela Esther y sobre las cuentas y números interminables de mi abuelo Rutilio en los márgenes del diario. Mi abuelo. el hombre que me enseñó ese don de la bohonomía y de la honestidad, aunque yo no haya aprendido mucho de eso.

Claro! Escribo gracias a mi madre y a mi padre, pero ellos merecen unas líneas aparte. Otro día y con mejor ánimo.

Finalmente y, aunque escribo para mi, quiero pedirles paciencia y perdón por las faltas, omisiones, yerros y con cualquier cosa que les haya ofendido en el poco o mucho camino que hayamos andado y en el que sigamos andando juntos. Y quiero darles las gracias por ser amigos, familia y gente a la que aprecio y admiro.

Nos leemos! Un abrazo.

Víctor.